De
la Rabdomancia a la Radiestesia
por
Claudio Ardohain
El
hombre camina lentamente sobre el terreno. Lleva en sus manos una rama
de fresno bifurcada, tomada de dos de sus extremos con las palmas hacia
arriba. Está atento, pero no parece abstraido ni especialmente concentrado.
En determinado momento, inesperado aún para él, el extremo
libre de la vara se levanta como empujado por una fuerza que viene de abajo.
Vuelve sobre sus pasos y repite el procedimiento. El movimiento de la vara
es confirmado. Por allí pasa una vena de agua a poca profundidad.
En
el tiempo de nuestros abuelos era muy común la contratación
de rabdomantes para la mejor ubicación de la perforación
de un pozo de agua. El “arte del Zahorí” se refería a individuos
capacitados para detectar agua en profundidad a través del movimiento
de varas de madera flexible con forma de horquilla. También podía
utilizarse un sencillo péndulo que acusaba la presencia y profundidad
del agua con determinados códigos de movimiento. En la actualidad,
esta capacidad de percibir elementos bajo el suelo ha dejado de ser una
“mancia” para convertirse en una ciencia: la radiestesia. La detección
radiestésica se extiende a todo tipo de materiales, fuerzas u objetos.
Incluso puede utilizarse en el diagnóstico de enfermedades o alteraciones
fisiológicas.
Hace
poco, la radiestesia volvió a tomar interés público
a través del hallazgo de la cámara fotográfica del
periodista asesinado José Luis Cabezas. Tanto las autoridades del
gobierno de la Provincia de Buenos Aires, como las de la policía
provincial, atribuyeron el hallazgo a las prospecciones llevadas a cabo
por el Ing. Vinelli, experimentado radiestesista.
Hace
más de un año, investigadores cubanos habían llegado
a Bolivia para estudiar radiestésicamente el terreno del aeropuerto
donde se suponía estaban enterrados los restos del Che Guevara.
Su conclusión fue que no se hallaban en el área, como se
pudo verificar después.
Ya
en el antiguo Egipto, se utilizaba el péndulo, con el nombre de
merkhet, que significa "instrumento de conocimiento" y como tal, estaba
bajo la advocación del dios Thot. Se lo utilizaba para la orientación
y ubicación de los templos. El mismo jeroglífico que representa
la vara de zahorí significa “protección”.
Entre
los patriarcas bíblicos, Abraham y Moisés poseían
el don de hallar agua en el desierto utilizando varas o cayados que el
pueblo suponía cargados de poder. La vara de Moisés podía
tomar la apariencia de una serpiente, símbolo universal de las venas
de agua subterránea.
Los
druidas poseían sus propios cayados mediante los que encontraban
los manantiales sagrados que veneraban. Estaban rematados con figuras de
serpientes en forma de espiral, símbolo de los manantiales subterráneos.
El báculo de los obispos católicos reproduce también
esta forma.

En
el siglo XV el uso de las horquillas de ramas de avellano en forma de “Y”
estaba muy difundida para la detección de vetas metalíferas.
Los
pioneros en la antigua Unión Soviética fueron los geólogos
Sochevanov, Matveiev y Bondarev. Actualmente, la radiestesia se enseña
oficialmente en Rusia en institutos de prospección geológica,
bajo el nombre de bio-locación.
Durante
la guerra de Vietnam el ejército de los Estados Unidos entrenaba
a sus soldados para aplicar la radiestesia en la detección de minas
o túneles ocultos del Khmer rojo.
En
la década del ‘60, el físico nuclear francés Yves
Rocard, continuando las investigaciones científicas del geólogo
holandés Solco Tromp, comprueba que un 80 % de las personas tiene
capacidades radiestésicas latentes. En la década del ‘80,
en los Estados Unidos, los profesores Chadwick y Jansen, del Laboratorio
de Investigación Hidrológica de la Universidad de Utah confirman
los resultados de Rocard en experimentos llevados a cabo con 150 estudiantes.

Según
las investigaciones actuales, la radiestesia se basa en la capacidad del
cuerpo humano de percibir distintos tipos de alteraciones energéticas
en su entorno. Estas variaciones de campos, como el magnético y
el eléctrico, son captadas por biosensores que tenemos distribuidos
a lo largo del cuerpo. La información es conducida al sistema nervioso
central y desde el hipotálamo surge una reacción neurológica.
La respuesta varía de individuo a individuo, pero en todos los casos
corresponde a una variación del tono muscular que produce un movimiento
involuntario de la varilla o el péndulo. Estos dispositivos simplemente
servirían para amplificar estas pequeñas reacciones neuromusculares.
El verdadero instrumento es el cuerpo y su delicado mecanismo de calibración
es el sistema nervioso central.
En
el caso de la llamada teleradiestesia, la explicación se complica
y tendríamos que referirnos al modelo holográfico para explicar
cómo la mente inconsciente puede captar la multiplicidad de campos
energéticos que configuran un determinado lugar a decenas de kilómetros
de distancia.
Mi
primera experiencia seria con la radiestesia ocurrió en Jujuy, en
1983, cuando con un grupo de amigos decidimos emplear esta técnica
en nuestras exploraciones arqueológicas. Los resultados fueron contundentes,
lo que nos ahorró tiempo y medios materiales. Desde entonces la
radiestesia se ha convertido para mí en un instrumento de trabajo
inseparable.